La chonga

El peor lugar del mundo para una mujer que todavía cree en el amor.

Una mirada sobre las nuevas relaciones sin compromiso, la ansiedad de los vínculos intermitentes y una generación que aprendió a tener intimidad sin necesariamente construir una historia. ¿Qué pasa cuando el amor empieza a funcionar con las reglas del mercado actual?

Hay una palabra bastante argentina, bastante horrible y bastante precisa para definir una de las nuevas formas de relacionarse al hablar de hombres: chongo. El chongo no es un novio, tampoco es exactamente un amante y mucho menos un amigo. Es alguien con quien se tiene sexo, se comparte un poco de intimidad, eventualmente una cena, algunos fines de semana, conversaciones largas y hasta cierta ternura, pero sin el inconveniente de tener que construir una relación.

El problema aparece cuando el chongo tiene una chonga. Y esa chonga, que probablemente no empezó queriendo ocupar ese lugar, descubre que se puede ser bastante importante en la vida de alguien sin llegar a ser nadie.

La chonga es, probablemente, uno de los peores lugares del mundo para una mujer que todavía cree en el amor. No porque haya algo malo en tener sexo sin compromiso (qué fiesta!), ni porque todas las mujeres quieran tener novio, ni porque haya que volver al matrimonio como institución salvadora de nada. Sino porque existe una diferencia enorme entre elegir una relación casual y aceptar una relación casual mientras se espera, más o menos secretamente, que algún día deje de serlo.

El mundo contemporáneo le puso muchos nombres a esta situación. Situationship, casual dating, friends with benefits, no strings attached. En Argentina existe el verbo chonguear, que es bastante más expresivo. Se puede chonguear durante semanas, meses y hasta años. Se puede conocer a los amigos, dormir abrazados, festejar cumpleaños y recibir un mensaje de buenos días. Se puede hacer casi todo lo que hace una pareja, excepto tener la tranquilidad de serlo.

Y lo extraordinario es que ahora también hay que aprender a hacerlo bien.

Existen cursos para conseguir que alguien escriba, para lograr que escriba menos, para generar misterio, para los cien mensajes de texto hot, para no parecer demasiado disponible, para recuperar el interés de un hombre que se alejó, para interpretar cuánto tardó en responder un mensaje y para administrar algo tan espontáneo como el deseo. Las redes están llenas de expertos en atracción, coaches de seducción, estrategias para convertirse en una mujer irresistible y manuales sobre cómo hacer que alguien se obsesione con otra persona. La intimidad se transformó en una especie de negociación comercial, con estrategias de posicionamiento, tácticas de retención y una cantidad asombrosa de consejos sobre cómo conseguir que una persona tenga ganas de estar con otra.

Mientras tanto, nadie parece saber muy bien cómo enamorarse.

Antes existía la posibilidad bastante razonable de conocer al amor de la vida en el colegio, en el club, en el cumpleaños de una amiga, en una fiesta o cruzando la calle. No es que antes las relaciones fueran necesariamente mejores. Había otros problemas, otras desigualdades y muchas menos libertades. Pero quizás existía algo que ahora parece escasear: la posibilidad de conocer a alguien sin tener permanentemente la impresión de que, a dos movimientos del dedo, podría aparecer alguien mejor.

El amor empezó a convivir con la lógica del catálogo. Y un catálogo, por definición, nunca termina. 

Hay algo revelador en una investigación que hicieron las psicólogas Tila Pronk y Jaap Denissen, de los Países Bajos, acerca de la sobreabundancia de opciones en las aplicaciones de citas. El estudio, publicado en Social Psychological and Personality Science, encontró que a medida que las personas observaban más perfiles, se volvían progresivamente más propensas a rechazarlos. Entre la primera y la última opción presentada, la probabilidad de aceptación disminuyó, en promedio, un 27%.

El principio es brillante y trae a una vieja idea de la economía: los rendimientos decrecientes. Cada nueva opción puede aportar una satisfacción marginal menor que la anterior. Aunque la investigación no demuestra que todas las relaciones funcionen como un mercado la comparación resulta irresistible. La abundancia de posibilidades, lejos de garantizar una mejor elección, puede terminar haciendo que ninguna parezca suficientemente buena.

Los investigadores relacionaron este fenómeno con la mentalidad de rechazo, alimentada por la insatisfacción creciente frente a las alternativas disponibles. Cuanto más se mira, más se descarta. Difícil de ignorar esto eh, en una cultura que convirtió la posibilidad de elegir en una promesa de felicidad.

Amor como que existe la posibilidad de que aparezca algo mejor ubicado, más interesante, más luminoso, con menos problemas y mejores prestaciones. El inconveniente es que las personas no son departamentos y que, mientras alguien sigue mirando y mirando las publicaciones, puede estar dejando pasar una buena historia.

En abril de 2026, The Washington Post publicó un artículo de Michelle Vartan sobre un concepto que empezó a popularizarse en las redes sociales estadounidenses: placeholder partner, algo así como una pareja provisional o una persona que ocupa un lugar mientras aparece la indicada. 

Mi mientras tanto. La definición es bastante brutal. Me rompés el cuore: sos, o el otro es alguien que comparte una relación con otra persona, aparentemente estable y con todos los gestos de una pareja, pero sin imaginar realmente un futuro juntos. No necesariamente porque no se tengan cariño, sino porque se considera que, eventualmente, podrían conocer a alguien mejor. Dice Daniela de Lucía (y es cierto eh) “todos tenemos un excell en la cabeza cuando queremos conocer a alguien para novio/a”. Y aplicás o no aplicás.

Lo verdaderamente problemático no es que una persona no quiera comprometerse. Nadie tiene obligación de enamorarse ni de construir una historia con quien no hay deseo, amor de hacerlo. El problema aparece cuando sabe que la relación tiene un límite que el otro desconoce y, aun así, continúa disfrutando de todos sus beneficios.

Puede recibir cariño, compañía, sexo, atención, disponibilidad, conversaciones, cuidados y hasta cierta exclusividad emocional sin aclarar que, en su cabeza, todo aquello tiene carácter provisional. Y está la otra persona. La que no sabe que ocupa un lugar reemplazable. O, quizás, la que empieza a sospecharlo, pero prefiere no terminar de averiguarlo.

Existe una forma bastante sofisticada de autoengaño en las relaciones contemporáneas. La persona interpreta una comida como un avance, un mensaje cariñoso como una declaración, un fin de semana compartido como una señal de futuro. Se aferra a los gestos que confirman sus expectativas y resta importancia a aquellos que las contradicen. No porque sea ingenua, sino porque cuando alguien está emocionalmente un toque más involucrado (o más traumado en ese momento) resulta bastante difícil distinguir lo que sucede de lo que quisiera que sucediera.

La psicóloga Alexandra Solomon, profesora de Northwestern University, advierte que no todas estas situaciones responden a una intención de engañar. Muchas veces las personas simplemente avanzan a velocidades diferentes. Una tiene el pie en el acelerador y la otra en el freno. Pero cuando la diferencia se prolonga indefinidamente, lo que para una persona es un vínculo cómodo puede convertirse para la otra en una experiencia de incertidumbre permanente.

Y acá aparece un tema interesante: el sistema nervioso.

En Estados Unidos existe una expresión para describir una dinámica que muchas personas reconocerían inmediatamente: hot and cold. Caliente y frío. Alguien que se muestra interesado, afectuoso, presente y hasta enamorado durante algunos días y después se enfría, toma distancia, desaparece o reduce considerablemente su disponibilidad emocional. Hasta que vuelve a aparecer.

El desconcierto puede ser enorme. Una cosa es que alguien no esté interesado y lo manifieste con claridad. Otra muy distinta es que demuestre un interés extraordinario el lunes, una indiferencia desconcertante el miércoles y vuelva a mostrarse cariñoso el domingo.

Este tipo de intermitencia puede convertirse en una fuente importante de ansiedad, especialmente cuando una persona necesita mayor claridad o estabilidad afectiva.

En 2011, investigadores de la Universidad de Virginia y Harvard publicaron en la revista Psychological Science un estudio titulado He Loves Me, He Loves Me Not: Uncertainty Can Increase Romantic Attraction. El experimento encontró que las participantes mostraban mayor atracción hacia hombres cuyo nivel de interés romántico desconocían, que hacia aquellos de quienes sabían que estaban muy interesados. Y pensaban más frecuentemente en los primeros. Es un hallazgo bastante incómodo. La incertidumbre puede aumentar la atracción, sobre todo en determinadas circunstancias. No porque el vínculo sea necesariamente más profundo, sino porque aquello que no se termina de resolver ocupa más espacio mental.

Y quizás por esto algunas relaciones relativamente cortas pueden resultar emocionalmente más agotadoras que historias mucho más largas.

La alternancia entre cercanía y distancia también puede entenderse a partir de los mecanismos de aprendizaje por recompensa. Cuando una experiencia agradable es impredecible, la expectativa de que vuelva a ocurrir puede mantener nuestra atención. Sin embargo, esto no significa que todas las relaciones intermitentes funcionen como una adicción ni que produzcan necesariamente una desregulación clínica del sistema nervioso. La ciencia es más compleja que las explicaciones simplificadas que circulan por las redes.

Lo que sí sabemos es que la incertidumbre en el amor puede convertirse en un factor de estrés. Las investigaciones sobre apego, seguridad emocional y respuestas fisiológicas dentro de las relaciones muestran que la percepción de disponibilidad y receptividad de la pareja importa para el bienestar psicológico.

Entonces, quizás convendría preguntarse por qué se volvió tan normal participar de relaciones que generan una cantidad semejante de dudas. Por qué hay que administrar los mensajes, interpretar los silencios, calcular los tiempos de respuesta, fingir indiferencia, esperar que alguien vuelva a escribir y celebrar como una pequeña victoria que finalmente lo haga.

Y, sobre todo, por qué se supone que una mujer independiente, adulta, sexualmente libre y emocionalmente inteligente debería sentirse orgullosa de no necesitar absolutamente nada de nadie. Esta époya yo-yo es poco romántica y amorosa. La libertad sexual fue una conquista extraordinaria. La posibilidad de elegir vínculos sin compromiso también lo es. Pero hay una diferencia importante entre no querer comprometerse y tener que fingir que no se desea un compromiso para conservar la atención de alguien. Aquí los hombres se nos convierten en niños. El fuego se apaga. Venden rolito ¿Qué quieren los hombres?

La cultura de las citas parece haber confundido, en ocasiones, la autonomía con la indiferencia. Como si demostrar interés fuera perder una negociación. Como si querer volver a ver a alguien implicara concederle demasiado poder. Como si decir que se quiere una relación, una familia, fuera una forma de debilidad.

El mismo artículo de The Washington Post recupera una observación del profesor Nicholas Epley, de la Universidad de Chicago, que contradice bastante lo que se vende actualmente en los manuales de seducción. Solemos pensar que primero aparece el amor y después llega el compromiso, cuando muchas veces el compromiso es precisamente lo que permite desarrollar sentimientos más profundos. La tranquilidad de una vez.

La persona que mantiene indefinidamente abiertas sus opciones puede perder algo, puede estar lastimando a quien tiene delante; puede estar privándose de conocerlo de verdad. Hay relaciones que necesitan cierta decisión para transformarse en algo valioso.

Quizás una de las grandes paradojas contemporáneas sea que, mientras nunca hubo tantas maneras de encontrar a alguien, empieza a resultar cada vez más difícil la posibilidad de encontrarse de verdad. El mismo sistema te pierde.

La chonga no es necesariamente una víctima ni el chongo un villano. Hay personas que disfrutan de relaciones ocasionales, honestas, sin expectativas de futuro y esto no tiene nada de malo. El problema es la asimetría. Que uno sepa que está viviendo algo transitorio mientras el otro crea que está participando del comienzo de una historia. Que alguien pueda retirarse emocionalmente cuando quiera mientras la otra persona sigue intentando interpretar qué sucedió. Que se confunda la disponibilidad afectiva con una especie de servicio que puede utilizarse hasta nuevo aviso.

En ese sentido, la chonga no es solamente una figura sexual. Es una posición emocional. Un lugar que también pueden ocupar los hombres, aunque la palabra elegida sea femenina.

Y quizás haya llegado el momento de recuperar algo de la vieja sencillez de las relaciones. Una suerte de vuelta a la caverna de los vínculos. No a las reglas antiguas ni al matrimonio obligatorio, ni a la dependencia emocional, ni a ninguna de las cosas de las que costó tanto liberarse. Una vuelta bastante más elemental: que alguien le guste a alguien, que se lo diga, que se encuentren y que tengan la posibilidad de conocerse sin necesidad de desarrollar una estrategia de marketing personal.

Que el próximo amor de la vida aparezca en una verdulería, en una mercería o cruzando la calle. Que haya que preguntarle cómo se llama, que mueran por el otro cuando la fiesta termine, que a veces no sepan demasiado bien qué hacer con eso que les pasa y siempre sean equipo. Que exista otra vez cierta torpeza, cierta espontaneidad, el encanto de no haber estudiado previamente las reglas del juego o la línea de largada.

Placeholder partner: MI MIENTRAS TANTO y cómo identificar una relación provisional y qué hacer al respecto:

A diferencia de una relación casual consensuada, el problema del placeholding aparece cuando una de las partes no comunica que no imagina un futuro con la otra, a pesar de mantener comportamientos propios de una relación estable.

Los especialistas consultados identifican distintos factores que pueden explicar esta dinámica: la dificultad para superar una relación anterior, el miedo a la soledad, los estilos de apego y la percepción de que siempre existe una alternativa mejor. En particular, la psicóloga y terapeuta familiar Marisa Cohen señala que las aplicaciones de citas pueden intensificar la paradoja de la elección: la abundancia de opciones dificulta el compromiso y genera agotamiento e insatisfacción.

La investigación también distingue dos patrones de apego que pueden intervenir en estas relaciones. El apego ansioso, caracterizado por una fuerte necesidad de cercanía y temor al abandono, y el apego evitativo, en el que la intimidad emocional puede percibirse como una amenaza a la autonomía y la independencia.

¿Cuáles son las señales de una relación provisional? Los especialistas identifican cuatro indicadores principales:

  1. Ausencia de proyectos futuros: la otra persona evita conversaciones sobre planes compartidos, viajes o compromisos a mediano y largo plazo.
  2. Escasa integración social y familiar: no existe una incorporación progresiva a los círculos de amigos, familia o actividades importantes.
  3. Búsqueda de otras alternativas: se mantienen abiertas otras posibilidades románticas, incluso mientras continúa la relación.
  4. Inconsistencia afectiva: períodos de cercanía e interés alternan con distanciamiento, falta de comunicación o escaso esfuerzo por sostener el vínculo.

Estos comportamientos no constituyen por sí solos una prueba de placeholding. Alexandra Solomon, psicóloga clínica y profesora de Northwestern University, advierte que también pueden responder a diferencias legítimas en los tiempos y expectativas de cada integrante de la pareja.

¿Qué recomiendan los especialistas cuando una persona sospecha que está ocupando ese lugar y no desea continuar en esas condiciones?

La primera recomendación es mantener una conversación explícita sobre la naturaleza de la relación, las expectativas y las posibilidades reales de compromiso.

La segunda es escuchar y considerar las respuestas recibidas, en lugar de interpretarlas a partir de lo que se desea que suceda. Solomon también recomienda observar evidencias concretas de afecto, valoración y reciprocidad, más allá de las manifestaciones ocasionales de interés.

La tercera es reconocer la posible existencia de mecanismos de negación. La socióloga Jess Carbino señala que una persona puede permanecer en una relación insatisfactoria aun cuando percibe señales de que sus expectativas no son compartidas.

Por último, los expertos recomiendan revisar la propia participación en la dinámica. Quien mantiene a otra persona como pareja provisional debería reconocer sus verdaderas intenciones y comunicarlas con honestidad. Nicholas Epley, profesor de Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Chicago, advierte que el placeholding puede perjudicar a ambas partes, ya que limita la posibilidad de desarrollar relaciones satisfactorias con otras personas.

La conclusión de los especialistas es que romper este patrón requiere autoconocimiento, comunicación directa y honestidad de ambas partes. Cuando las expectativas son incompatibles, esa información permite decidir con mayor claridad si se desea continuar o no con la relación.

Por Lala Bruzoni

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